DEL PODER COMO METODO AL PRINCIPIO COMO FIN II

En el escenario de carácter transaccional que ha adquirido la política exterior dominante en la comunidad internacional, según lo que visto en el artículo anterior, se perfilan cierto tipo de relaciones internacionales que denotan marcadas dicotomías. La principal es la que se refiere a un capitalismo nacionalista vs. una globalización liberal. Por su parte, el sistema multilateral se ve vapuleado por "intervencionismos a medida", donde más que el ideal por un sistema a defender y difundir, predominan intereses que podrían denominarse nacionales.

 "Podrían", porque cierta corporativización de la política, que a su vez ha producido una aguda deformación de la democracia, se da en el plano doméstico de los Estados y trasunta a la arena internacional. Dicho fenómeno se relaciona con los riesgos de una consolidación de las oligarquías en el entramado político. Un creciente declive hacia formas de gobierno de hecho cleptocráticas anida en su seno desde vertientes autoritarias, hasta anarquistas, entrecruzadas por pseudo liderazgos de tecnócratas desarraigados de las demandas populares. 

El fracaso del multilateralismo es paralelo con tendencias aislacionistas, al mismo tiempo que expansionista de los Estados Unidos, lo que por períodos es una constante de su política exterior. Sin embargo, en esta oportunidad un acentuado desprecio al orden liberal, plantea junto con un reposicionamiento en materia de derechos humanos, la cuestión de si este país continuaría siendo un impulsor de la democracia y la libertad, tal como ha sido lugar común considerar.

Cambios de dinámicas políticas de tal país en tal sentido contradecirían las bases de organización institucional de ese país, plasmado en su Constitución, la que a su vez fue modelo de muchas otras constituciones de otros tantos países. En tal sentido, un discernimiento más a fondo permitiría dilucidar si los cambios que están llevando a cabo los EEUU son tácticos, estratégicos o hacen parte de un nuevo pacto fundacional. Al mismo tiempo, dicha graduación es compatible con las políticas anti-woke de la Administración Trump, lo que en sí constituiría un retorno a los presupuestos fundacionales de este país, ya que sería una retorno a respuestas desde lo nacional.

Las apuestas hechas desde la securitización de la economía y un mayor énfasis en enfoques realistas de política exterior son convergentes con lo anterior. Es más, los asuntos más vinculados a una predominancia de la geopolítica serían variantes de posibles aplicaciones de política exterior, lo que no sería una novedad, excepto en que su aplicación vulneraría aún más el multilateralismo que imperfectamente ha funcionado desde la segunda post-.guerra. 

Curiosamente y como ya es común notar, China es pro-globalización económica, mientras que los EEUU actualmente siguen una corriente contraria, pero el juego de poder es el mismo, ya que China propugna tal orientación desde una economía totalmente securitizada merced a una organización autoritaria con un Estado omi-presente. Por su parte, Europa desde una posición más similar a China en comercio internacional por ser más globalista, desde la política tiene aspectos que la acercan más a los EEUU liberal, previo a la versión trumpista. Dicho posicionamiento la condena a una mayor debilidad relativa en el concierto internacional por quedar en un encuadre liberal normativista regulatorio mientras los otros dos actores siguen ecuaciones de poder  con intenso contenido estratégico.

Sin embargo, estos tres actores siguen en su competencia por espacios de poder lineamientos típicos de un imperialismo del s. XXI. En mayor o menor grado, se da una potenciación de corrientes disruptivas en la política doméstica con acciones en política exterior vinculadas a variantes de "destino manifiesto", con el afán de controlar y administrar territorios con dotación de recursos energéticos, mineros y otros considerados estratégicos para los intereses de estos actores, incluyendo el factor humano, de lo que dan fe las políticas migratorias con alto componente selectivo en algunos países. 

El caso de los EEUU es particularmente neurálgico por ser la superpotencia vencedora de la confrontación E-O de la Guerra Fría y por detentar en su génesis como país y como aspecto dominante de su política una cosmovisión en la que se equipara la democracia con el capitalismo y éste con el dios protestante. Este cariz acentúa cíclicamente su visión y misión del "destino manifiesto", con lo que tiene un potencial desestabilizador aún mayor cuando se ven alterados alguno de los componentes de esa fórmula, al ser aún la super-potencia dominante en todos los factores de poder (político, militar, económico, tecnológico, cultural)

Al trascender dicho poder a la arena internacional, el misticismo que rodea cualquier opinión y decisión sobre quién decide y con qué autoridad moral lo que constitye un Eje del Mal es un ámbito plagado de confrontación y que finalmente sólo es posible desde una posición de poder político y moral real. Sin un gobierno mundial, lo más cercano como autoridad mundial con poder efectivo moral y espiritual sobre millones de almas sigue siendo la Santa Sede, aunque no sea su objetivo de última. El resto de las religiones monoteístas no responden a una cabeza ni criterio común, ni alcanzan ni de cerca similar cantidad de adeptos ni reconocimiento internacional. La apertura hacia un mayor ecumenismo entre las religiones monoteístas amplia aún más las bases para dicho reconocimiento y gestación de un auténtico substrato teleológico o escatológico para un orden internacional a ser concebido desde el poder político.  

El detentar poder coativo para imponer un punto de vista u otro es sólo una circunstancia de fuerza que puede contar con mayor o menor legitimidad nacional, regional o internacional, pero la transitoriedad de tal hecho dura lo que el acto de fuerza pueda mantenerse y/o imponer el paradigma moral que lo guía. Sin embargo, el socavar las bases de un cierto orden, constitucional y /o institucional, de algún modo también se está trastocando ese orden primigenio y la reacción podría ser un acto de fuerza reactivo y de larga prolongación en el tiempo, por su sustrato axiológico y moral que le servía de base de identificación. 

En conclusión, tal tipo de reacción es contraproducente contra los propios intereses, ya que si bien en el ámbito doméstico se pueden preservar desde políticas heterodoxas en un cierto orden de cosas ya consagrado, en el ámbito internacional tal actuar abre una caja de pandora por terminar afectando intereses nacionales usualmente considerados vitales. Es más, a mayor grado de integración global, el potencial de daño de intervenciones foráneas es mayor cuanto mayor sea el recurso crítico objeto de la disputa o de la acción coactiva. Ya que lo que unirá cada vez más a las fuerzas disidentes contra cualquier posible injerencia será no la economía, ni la política, sino la identidad con lo propio como valor, tierra, recurso, cultura y civilización. 

Desde Sudamérica, la Argentina ha manifestado tal férrea voluntad anti-intervencionista de actores y fuerzas foráneas especialmente con relación al Reino Unido y sus intentos abiertamente imperialistas durante las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807; bloqueo francés y anglo-francés entre 1838 y 1850 y la invasión, usurpación y ocupación  ilegal de las Islas Malvinas por parte del Reino Unido desde 1833.


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