CONSIDERACIONES SOBRE LA JUSTICIA SOCIAL EN LA COMUNIDAD INTERNACIONAL
En el plano internacional el nuevo orden que busca abrirse paso estaría centrado en el Pacto del Futuro, con sus dos pilares, el Pacto Digital y la Declaración sobre Generaciones Futuras. Este acuerdo funcionaría como una actualización de los principios y valores que animan la Carta de la ONU y la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Trasponiendo lo que se vio en el artículo anterior sobre las limitaciones que tiene la justicia social concebida desde la ideología en el plano doméstico, en el ámbito internacional mismo rol ideológico se observa en el Pacto del Futuro.
Esto porque no se relaciona con la justicia como virtud que surge de las bases, sino con la justicia autoritaria que se impone desde acuerdos en la cúspide del poder, con un enfoque liberal socialista. Curiosamente, la oposición viene de los países con mayor énfasis en sus matices nacionalistas, principalmente en su posicionamiento civilizacional y cultural, también llamados anti-globalistas.
El Pacto del Futuro es concebido desde la ONU como una actualización de la Agenda 2030, vinculada al llamado desarrollo sostenible. Esta ha dado magros resultados reales, más allá de todo un entramado de acuerdos internacionales regulatorios que producen efectos opuestos a los proclamados: menos inclusión, menos crecimiento, menos libertad, menos desarrollo humano y social.
Punto central en dicho pacto detrás de objetivos tan "loables" como una más efectiva gobernanza supranacional, reducción de la pobreza, desarrollo científico y tecnológico, paz, seguridad y resiliencia frente al factor climático, es el financiamiento. Esto en un contexto que los principales países del mundo, que justamente son los que más alientan dicho acuerdo, enfrentan pesados endeudamientos. Sobresalen algunos casos, como el de Argentina, que no sólo votó en contra de dicho acuerdo internacional, sino que tiene superávit fiscal, merced a un ajuste sin precedentes. El resto de los países, principalmente la Unión Europea y potencias asiáticas, por coherencia con el pacto impulsado, también harán dicho ajuste?
Es la primera contradicción que se ve en esta especie de pesado proyecto planificador internacional con objetivos de lo que podría ser una "justicia social internacional". Cómo plantear un financiamiento internacional o metas mensurables sin tener en cuenta que la estructura internacional es justa o injusta en base al patrón de endeudamiento, criterios de las agencias de rating crediticio y carga real del peso de la deuda sobre el mundo y la armonía económica internacional? Misma pregunta cabe sobre la cuestión climática, que más allá de la dudosa y siempre contradictoria evidencia científica invocada, tendría mayor responsabilidad sobre los países más desarrollados, que justamente ahora invocan objetivos globales y "comunes" para una administración global de bienes y políticas nacionales?
Estos cuestionamientos adquieren aún más peso porque el "Leviatán" mundial no existe. Es decir, sin un Estado mundial, un conjunto de países más poderosos seguirían moviendo los resortes del poder mundial. Sin embargo, esta carencia institucional tiene el potencial de impulsar un fenómeno virtuoso de un planteo desde las bases, que son los Estados y otros actores internacionales, de términos justos para la organización política y económica internacional, al mismo tiempo que un resguardo para la libertad efectiva de las naciones.
Sin embargo, tendencias a acentuados regionalismos, quasi alianzas, plantean más bien una estructura de tipo desvinculante por parte de países más desarrollados, dejando al resto, la mayoría del globo con una posición de tipo reformista, no revisionista, pero que no constituye poder crítico para producir cambios de fondo en el orden internacional. No obstante, desde el G20, que si bien no en un organismo internacional, sino un foro político, se han ido abriendo camino ciertos aspectos de la agenda internacional de interés de dicha mayoría internacional. Si bien este elemento es positivo, es insuficiente para consolidar procesos desde las "bases".
Al mismo tiempo, la predominancia de la fragmentación internacional ahonda las imposibilidades de consensuar reglas u orientaciones comunes, lo que constituye la principal causa de crisis del multilateralismo. Tanto desde la economía, como desde la política, las líneas divisorias se relacionan con esquemas de competencia política, con ejercicio del poder de tipo realista y con una veta predominantemente geopolítica y de securitización de los factores tecnológicos y económicos. Esto se manifiesta en líneas de proteccionismo económico, uso masivo de sanciones y tensiones con alta conflictividad en torno a escenarios relevantes de la comunidad internacional, como Europa y Asia.
Adicionalmente, la oposición de los EEUU de Trump a las líneas hasta ahora predominantes en los organismos multilaterales, identificadas con una especie de "wokismo" internacional, hacen difícil que Acuerdos como el Pacto del Futuro, tenga avances concretos. Este país abiertamente se opone a las líneas de acción impulsadas tanto por la Agenda 2030, como por el Pacto del Futuro, lo que coincide con otros países como la Argentina, Hungría y hasta Rusia, y con todo el arco de la derecha europea más conservadora, al igual que otros países de América Latina y el Caribe.
Así, queda al descubierto la crisis de las instituciones globales de cuño occidental, una profunda división entre países occidentales y al seno de estos. Al mismo tiempo, se refleja un regreso a valores nacionales, territoriales y hasta civilizacionales. Desde dicha dinámica podría darse una mayor democratización de la comunidad internacional por un involucramiento más auténtico de las naciones vía su despliegue en libertad y no enmascaramiento detrás de ideologías de discurso único- De este modo, resultaría en un mayor acercamiento a cierta justicia social internacional como virtud y no como ideología.
El debilitimiento del pensamiento único identificado en el "wokismo" va paralelo a cierto multipolarismo, en donde la globalización encuentra una reconfiguración hacia un proceso de hecho internacionalmente más inclusivo, lo que le quita una de las banderas más esgrimida por el wokismo. De este modo, cierta mayor equidad y "justicia social" entre los países podría abrirse paso aunque en una marco de relaciones internacionales con alta interdependencia, merced a la influencia del factor tecnológico y los grandes flujos de intercambio económico-comercial existentes aún en contexto de tensión geopolítica.
Este contexto plantea por un lado una menor predominancia del elemento ideológico, pero un mayor desafío tanto en términos de construcción de poder real como del esfuerzo negociador para un acomodamiento internacional ventajoso.

Gracias por el analisis crítico de nuestra realidad histórica...
ReplyDeleteUn fraternal saludo
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