LA JUSTICIA COMO ATRIBUTO POLÍTICO QUE GARANTIZA LA PAZ
En este blog se analizó el concepto de justicia como atributo político dentro de su planteo como virtud, no así como ideología, que termina produciendo quiebres sociales desestabilizadores. Asimismo, en el plano internacional se consideró que a menor ideologización se impone una mayor realismo en política exterior, lo que podría coadyuvar a una mayor estabilidad internacional de darse un flujo intenso de comercio e interdependencia.
En ambos escenarios, la justicia como movimiento virtuoso asegura la satisfacción a demandas de la comunidades de base, sea la doméstica o la internacional, y garantiza cierta convivencia pacífica y armoniosa. Sin embargo, progresivamente se han impuesto políticas de fuerza, sintomáticas de crisis institucionales y procesos disruptivos. Estas, no sólo dan por tierra con las teorías contractualistas de pacto social para la creación de comunidades políticas organizadas, sino que además ponen en entredicho a la democracia de tipo liberal.
Es más, en el plano internacional, los intereses geopolíticos y económicos muestran la fragilidad del multilateralismo y de una auténtica vocación por el diálogo y la paz de los principales actores internacionales. Tanto las intervenciones en terceros países, como el uso de sanciones como arma económica, y la manipulación internacional de mercados económicos y financieros, son ejemplos de instrumentos de política que generan contextos de alta tensión y de relaciones de poder autoritarias y disruptivas en su esencia.
La regionalización y bilateralización de las relaciones internacionales no favorece los intereses de los países intermedios y más débiles, que se ven en condiciones inequitativas en términos de poder relativo negociador, principalmente ante esquemas bilateralizantes de ejercicio del poder asimétrico.En estos países el enfoque de las relaciones internacionales es reformista más que reaccionario o revolucionario, hasta podría considerarse que se benefician de procesos de globalización moderados, con cierta arquitectura multilateral legítimamente vigente.
De otro modo, los intereses de estos países más débiles no son tenidos en cuenta y se perpetúa cierto estado de cosas que difícilmente mejore el desarrollo, atraso y pobreza relativos de estos. La puja territorial y política actual es crudamente por los recursos energéticos, alimentarios y en un contexto donde las piezas en el tablero geopolítico sirven fines de los principales actores en una lucha global. La progresiva desnaturalización del G20, con una mayor irrelevancia en la solución de problemas globales es sintomática de la nueva realidad de poder internacional, ni que hablar de la disfuncionalidad demostrada por la ONU y demás organismo internacionales, además de foros como el G7. Ni las presidencias del G20 por potencias menos desarrolladas ha influido sobre el telón de fondo antes descrito, más allá del planteo de agendas plagadas de buenas intenciones.
Opciones de política como las adoptadas por el Presidente Milei en la Argentina, con un rígido control presupuestario y mayor equilibrio macroeconómico es ejemplar en un contexto donde los países más ricos no se muestran activos con sus inmensos déficits fiscales y deudas crecientes. Es más, si se suma el posicionamiento axiológigo-civilizacional argentino, de corte conservador popular y hasta nacionalista, por ser anti-globalizante y hasta de retorno a valores propios, se comprende toda la originalidad argentina. Esto en una era de digitalidad global y planteos culturales progresistas y anti-sociales en realidad, por su poder destructivo en asuntos tales como la demografía, la familia y la cohesión social detrás de un lenguaje y concepto referencial común y tradicional. Sin embargo, queda en puntos suspensivos la cuestión de la aplicación de políticas económicas de ese tipo en un contexto internacional básicamente injusto e inequitativo.
Con relación a esto último,en el plano doméstico, los dilemas son de similar tipo. La transición entre paradigmas económicos industriales y comerciales a otros digitales y ecológicos es un debate cultural nunca dado en profundidad amplitud en las democracia actuales y que sitúa a sociedades enteras ante el abismo de una descomposición y autoritarismo global nunca visto aún.
Esto porque, según se analiza en el anterior artículo (La Proyección del Poder Chino es Conforme una Posición Hegemónica), los regímenes autoritarios ya han tomado las decisiones de organización social para resolver tal tipo de dilemas y ante sistemas globales, arrastran al resto del mundo hacia similares patrones de organización y valoración cultural y política. De este modo, la injusticia interna tiene su proyección en el ámbito externo. La falsa dicotomía entre sistemas que favorecen la competencia (capitalistas liberales) contra aquellos otros más cohesionados y compactos, que en teoría generarían menos externalidades negativas, esconde un fenómeno más dramático. Aquel de la irrelevancia sistémica de las comunidades de base y sus legítimos intereses.
Esta situación doméstica e internacional amenaza y hasta echa por tierra cualquier planteo de legitimidad democrática por parte de los gobiernos, que seguirán promoviendo agendas de defensa y seguridad, conjuntamente con Pactos Verdes (Unión Europea), al mismo tiempo que agendas digitales invasoras del ámbito y libertad privadas (UE y China), conjuntamente con estructuras de gobernanza internacional de recursos energéticos y alimentarios con fines espúreos.
Sólo desde sistemas de representación ciudadana mejorados y optimizados, con eje en sistemas que privilegien la virtud por sobre otros principios, y organismos de ejercicio de poder internacional equitativos se podrían moderar las tendencias más negativas y egoístas que están al acecho en el ser humano.
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