EL PROBLEMA DE LA VOLUNTAD DE PODER POR SOBRE TODAS LAS COSAS

La voluntad de poder, concepto acuñado por el filósofo alemán F. Nietzsche, se la concibe como una voluntad liberada de la guía de la razón, que como atributo de un sujeto conoce otros seres en cuanto verdaderos, los ama en cuanto bellos y los goza en cuanto buenos, parafraseando al Dr José Ramón Pérez.

Dicho fenómeno, de carácter histórico político y social, pero fundamentalmente filosófico, define parámetros culturales que afectan todo el resto del comportamiento humano en sociedad, incluyendo la comunidad internacional. Constituye un proceso gradual y lógico que tiene que ver con la creciente anarquía cognoscitiva, a la que me refiero en artículos anteriores.

En las interacciones propias de la comunidad internacional este proceso se manifiesta en relaciones de alta tensión entre los actores de dicha comunidad, con ejemplos históricos extremos, como las guerras mundiales del siglo XX. Actualmente se estaría transitando un período similar, que se vive por capítulos u oleadas de fragmentación y polarización en la arena de la política exterior de los países. Ejemplos puntuales son el conflicto en Medio Oriente, la situación en Ucrania, la cuestión de Taiwán, la definición de un Eje del Mal, el planteo de esquemas territorialistas de carácter colonial, la formulación de sistemas económicos de seguridad económica y el regreso del proteccionismo económico y construcción de cadenas de valor con " países amigos", las barreras tecnologícas y competencias belicosas en materia cibernética, además del vaciamiento de contenido, sentido y autoridad al derecho y organizaciones internacionales.

La creciente fragmentación de poder a escala internacional,  vía por ejemplo la presencia de actores privados, corporaciones empresariales y tecnológicas transnacionales, suma confusión. Esto en un contexto donde prima el objetivo de afianzamiento del poder propio, la  destrucción o sujeción del otro, sin demasiado detalle sobre objetivos o fines más de fondo o que guarden relación con cosmovisiones inteligibles de tipo integrador.

Por tal motivo, tras sucederse gobiernos de izquierda, derecha y centro, la lucha por imponer políticas y ciertos esquemas organizativos propios se ve supeditado a restricciones y ambiciones geopolíticas. Esta conducta asemeja a "buenos" y "malos", los unos y los otros, por lo que la sociedad civil asiste desde sus plataformas impávida ante los repentinos redireccionamientos que se dan desde los centros de poder, en teoría democráticos o populares, según se denominen.

La educación cultural política que podría acompañar dichos procesos y darles mayor continuidad a la de una ambición electoral, se muestra como inexistente. La inmediatez de la reacción espontánea propia de la era digital constituye parte de la explicación. La otra parte se relaciona con aspectos epocales en los que la pedagogía del paradigma organizativo social carece de la profundidad de una cosmovisión teleológica y agonal. Esta podría orientar las voluntades individuales y sociales hacia un proyecto común de construcción y desarrollo humano y personal, y fundamentalmente civilizatorio.

Un proyecto tal de "engrandecimiento" nacional, como MAGA, tomando la expresión del presidente de los EEUU, tiene el potencial de trascender la variable económica de la contingencia coyuntural actual, hacia un enfoque sistémico. Dicho posicionamiento abre la perspectiva a una doctrina humanista que cimente las partes en un todo y supere la pura voluntad de poder. Este todo disuelve o supera las grandes diferencias de los sectores sociales para proyectarlos en un organismo dónde el ser humano persona recobra su dignidad natural e indivisible, núcleo y orígen de todo consenso social y político.

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