COLAPSO DEMOGRAFICO COMO PARTE DE UN COLAPSO CIVILIZACIONAL

El planteo de un colapso civilizacional suena apocalíptico, pero es parte de un proceso en el que la ruptura de patrones de conocimiento anclados en axionas pre-políticos o metafísicos ha conducido a las sociedades a ubicarse en paradigmas políticos y culturales que atentan contra aspectos esenciales de la exitencia humana. Tanto las vertientes ideológicas orientadas hacia el liberalismo capitalista como las socialistas comunistas o las social-liberales como el progresismo cultural actual, tienen su origen en el contractualismo de los s. XVI y XVII. Dichas corrientes de pensamiento, con eje en el subjetivismo racionalista se insertan en un jalonamiento histórico, cuya consecuencia es un suicidio civilizatorio con su efecto más tangible en la crisis demográfica actual.

 En el plano sociológico los efectos  de tales corrientes de pensamiento se observan en los estereotipos globalizados de urbanización, consumo y progreso, teorías de género, enfoques reproductivos, comportamientos sociales ligados al hedonismo y materialismo. Todo esto alentado y propagado masivamente por los avances de las comunicaciones y plataformas digitales, que favorecen una especie de dictadura del pensamiento único y homogéneo. Estos comportamientos sociales se insertan en valores y programas promovidos desde Occidente relacionados a la democracia, derechos humanos, teoría de género y hasta adaptación a ultranza a las exigencias del cambio climático. 

Sin embargo, los crecientes cuestionamientos desde otras civilizaciones a la propagación de este paquete que configuran un pensamiento único de tipo hegémonico con su narrativa particular, constituyen síntomas de fisuras. Estas se muestran en un mayor aislamiento geopolítico de Occidente, signos de decadencia cultural y de la calidad de sus democracias, además de un proteccionismo económico de dudosa intencionalidad, teñido con enfoques de seguridad. 

Por otra parte, como reacción a tal situación surgen más o menos espontáneamente cambios de narrativa, con tímidos retornos a las religiones, a diversos matices de nacionalismos y hasta a concepciones más intervencionistas del Estado. En primer lugar, en la cuna misma de la otrora cultura humanista occidental, es decir, Europa, se ve señales de ingobernabilidad. La fragmentación política y consiguiente polarización a que conducen los fenómenos antes enunciados, imposibilitan soluciones comunitarias basadas en el principio del bien común, con fundamento en cierto consenso. Esto alimento un círculo vicioso en el que los rendimientos económicos caen, se recrudece el descontento social y se retroalimentan las posiciones más radicalizadas. 

En los Estados Unidos, más allá del resultado electoral, el clamor social cada vez más fuerte por gobiernos que miren el bien común se enfrenta a grandes corporaciones, que han mediatizado a lo largo del tiempo los intereses y derechos reales de la población. Los peligros que entraña la concentación del poder, favorecido asimismo por la revolución digital, atentan contra la esencia de la forma republicana de gobierno, es decir, la división de poderes. El avance de dicho fenómeno por fuera del marco institucional de la clásica división de poderes, es un fenómeno que aumenta la alienación social y se combina con corrientes neoliberales y progresismo cultural. Todo esto atenta contra el principio básico fundamental de gobierno desde el pueblo, lo que se relaciona con el principio territorial de la localización de la sociedad y sus demandas concretas. El resultado son procesos de anomia,  potencial descomposición social y latentes enfrentamientos civiles.

En el caso de América Latina, ubicada cultural y políticamente en Occidente, muchos de estos fenómenos no constituyen una novedad, sino que, por el contrario, hacen parte de un proceso trunco de desarrollo histórico. La corporativización de la política, la polarización y fragmentación, así como el enajenamiento y radicaliación social, son procesos securales que explican su subdesarrollo. A lo largo del tiempo dicha dinámica genera esquemas de dependencia, en los que el contubernio de sectores dominantes domésticos operan en alianza con intereses externos, perpetuando las condiciones que coartan las libertades civiles, políticas y económicas. 

El anclaje en un centro para esta región, que supere enraizadas dicotomías está pendiente, aunque no tan lejano, gracias al aprendizaje histórico. Nuevo liderazgos, renovadas agendas, acciones coherentes desde la clase política, así como, un renovado y estratégico sentido de hazañas sociales a cumplir y una clara conciencia de la identidad común, son los ingredientes que desde el sur podrían sorprender al mundo. La justa composición de tales factores en una ecuación política con eje en una doctrina humanista y con conciencia civilizatoria, al mismo tiempo que innovadora y creativa, resultaría en una acción de mediano y largo plazo que revertirían las tendencias actuales de estancamiento continuo.

 

 

 


 

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