EL DEBATE IDEOLOGIGO-CULTURAL Y POLITICA EN LA ARGENTINA-INTERACCION INTERNACIONAL
El complejo gramsciano Estado/ Sociedad Civil, poder
hegemónico transnacional y valores éticos de la comunidad
internacional
En el presente artículo se buscará clarificar las relaciones
existentes entre, por un lado, los últimos cambios en la naturaleza
del Estado-nación, la construcción de regímenes internacionales y
las relaciones de poder que subyacen en esta construcción, y por el
otro lado, la elección de valores prioritarios que el poder
hegemónico elige para la conformación del orden mundial. Se tomarán
ciertos conceptos de la filosofía política gramsciana para
comprender otros tantos aspectos de la realidad internacional actual.
La noción de Estado elegida por el autor neomarxista Antonio
Gramsci (década del ‘30) corresponde a una visión amplia del
mismo, en la que el Estado se encuentra formando una sola cosa con la
Sociedad Civil. Por lo tanto, el Estado no sería sólo el aparato
administrativo, con sus diversas ramas y aparatos coercitivos, sino
también el conjunto de estructuras sociales en el que se
desenvuelven las fuerzas sociales y a través de las cuales éstas
crean diferentes culturas u órdenes hegemónicos, incluido el ideal
marxista de ordenamiento social. Consecuente con esta lógica,
Gramsci ve a las relaciones internacionales como una continuación de
la lucha de fuerzas sociales por imponer la cultura hegemónica, la
que, a su vez, es el resultado de la actuación de estas fuerzas que
expresan orgánicamente los cambios que se dan en el plano inorgánico
-innovaciones técnico-militares-. Es decir, tal análisis se
corresponde, claro está con una sintaxis diferente, a la famosa
lucha de clases marxista que se da a partir de la propiedad de los
medios de producción,etc... (remitirse al Manifiesto Comunista).
Gramsci simplemente actualiza el lenguaje y apunta a la
intelligentsia como los nuevos proletarios encargado de llevar a cabo
la revolución a través de la superestructura (Estado/Sociedad
Civil) en lugar de la infraestructura ( por proletarios, desde los
medios de producción y violentamente).
En la época en que Gramsci escribía el Estado nación se
manifestaba como una entidad que distaba de poder ser calificada como
en decadencia o debilitada, más allá de la amenaza roja proveniente
de Rusia, aunque tal proceso no hacía más que fortalecer el
nacionallimo y el estatismo alejando cada vez más la realización de
la fase final de la utopía comunista. Sin embargo, 70 años después
y, a pesar del espectacular derrumbe del comunismo soviético en la
U.R.S.S. y sus satélites, y atento a los acontecimientos que se han
ido sucediendo, los escritos de Gramsci recobran total actualidad.
Ello es así toda vez que se observa que el Estado nación se muestra
hoy como acosado y debilitado por fuerzas transnacionales
gubernamentales y no gubernamentales -o sea estatales en el sentido
gramsciano, es decir, incluyendo en tal concepto a la sociedad civil-
que llegan al extremo de poner en tela de juicio el sentido mismo de
nación como entidad sobre la que se asaenta el estado y por la cual
un pueblo se reconoce como diferente de otro a partir de diferentes
legados históricos y geográficos que lo conformaron como tal. Este
proceso se vio favorecido por el fin de la Guerra Fría y la
expansión global de un orden axiológico y normativo que es
expresión de la “cultura hegemónica”. Esta realidad se
manifiesta a través de la construcción de “regímenes
internacionales”-principios, normas, reglas y procesos de toma de
decisión sobre los que los Estados deben modelar sus conductas- lo
cual es expresión de, por un lado, un sentido más fuerte de
comunidad y, por el otro, de debilitamiento del Estado en su
concepto tradicional.
Este sentido de comunidad se da sobre valores comunes compartidos
que, a su vez, traducen unas relaciones de poder determinadas y un
concepto de orden dado. Más concretamente, el Fin de la Guerra Fría
dejó como principios rectores del orden internacional aquellos sobre
los que hace tres siglos atrás Kant bosquejaba la “zona de paz”;
democracia, libre mercado y respeto a los Derechos Humanos, sobre los
cuales debía conformarse una sociedad internacional interestatal
pacífica. En cambio, la realidad actual muestra que las fuerzas
transnacionales,o sea, el complejo gramsciano transnacionalizado, o
sea, la superestructura de Marx, avanzan ayudados por la revolución
tecnológica traspasando el poder cada vez más formal del
Estado-nación. Es decir, los cambios más o menos intencionales, que
se han venido dando en los últimos años llevan el debate sobre los
valores fundantes del orden mundial al ámbito más caótico y
heterogéneo de la sociedad civil transnacionalizada, donde la nación
como principio ontológico cultural que identifica y da sentido a la
historia de un pueblo, y que se vale del Estado para tal fin, va
siendo anulada y disuelta. Las recientes manifestaciones contra la
globalización en el seno mismo de países desarrollados no son más
que una muestra del avance de esas fuerzas frente a las cuales se
alzan los más preciados intereses representativos del ser nacional
de cada país.
Es en este punto donde se plantea el debate sobre los valores
propugnados por el poder hegemónico y los valores sobre los que se
asientan los aún supervivientes Estado-nación, lo cual se da más
allá de la coincidencia que pueda haber entre la casi totalidad de
los Estados en lo que hace al respeto a la democracia, libertad de
mercados y respeto a los Derechos Humanos. Esto es así porque la
comprensión que tiene cada Estado de estos valores es diferente, a
pesar de la cada vez mayor homogeneización. Es aquí donde aparece
la importancia de las asimetrías de poder entre los diferentes
actores internacinales y de cómo buscarán producir una mayor o
menor homogeneización a los fines de lograr un orden mundial dado,
homogeneización que no es más que el avance de factores externos
dentro del ámbito interno de la determinación de las políticas
nacionales. En esto lo ideológico recupera total actualidad a la
hora de ver como actores gubernamentales y no gubernamentales
coincidirán para proyectar un orden dado en la comunidad
internacional, lo cual no parece sino una realización de lo escrito
por Gramsci algunas décadas atrás.
Es así como el poder hegemónico buscará valerse de los
regímenes internacionales para, por ejemplo, condicionar las
políticas de cooperación desde los organismos financieros
internacionales hacia los países menos desarrollados con la
condición de que el Estado receptor acate ciertos paradigmas
educativos, culturales o hasta procreativos para sus sociedades.
Aquí la vulnerabilidad de los Estados menos desarrollados se muestra
en toda su desnudez ya que estos Estados se encuentran casi
determinados a tomar ciertas decisiones que pueden ir contra los
valores más profundos e íntimos de sus propias sociedades, más aún
cuando la condicionalidad para el acceso al crédito se ve apoyada
por fuertes corrientes ideológicas que ya han logrado penetrar en
sus fronteras a través de actores transnacionales.
El temor del poder hegemónico aparece toda vez que su cuerpo
ideológico, liberalismo + socialismo, o búsqueda de aplicar el
modelo neoliberal con retoques de corte socialista, o Tercera Vía o
Gramscismo usando las técnicas recomendadas por él para Estados
civilizados o para un mundo que en general va compartiendo por el
avance tecnólogico los rasgos de esos Estados, decía, el temor
surge toda vez que no se ha logrado crear un orden internacional
sólidamente fundado. Esto podría dar lugar al surgiemiento de una
“contracorriente cultural”, no descartada por Gramsci, desde los
Estados menos desarrollados.
En este contexto, el crecimiento demográfico en estos países
aparece como un elemento que hace aún más endeble ese orden.
Pero, no resiste a ningún análisis serio considerar que las
políticas antinatalistas propiciadas por el “establishment”
mundial sean una respuesta verdadera a la necesidad de cambios
estructurales, reclamados por el mismo Secretario General de la
O.N.U., Sr. Koffi Annan y diagnosticados como necesarios por el mismo
G8 (8 países más desarrollados), como así tampoco parece ser esa
una respuesta seria ni ética cuando se oberva que la frontera
tecnológica y productiva se expanden, la riqueza mundial aumenta
-aunque también la polaridad social entre y en el interior de las
naciones- y el cada vez más omnipotente poder financiero provoca
fuertes crisis regionales y quasi-globales sin que se tomen
decisiones serias para ejercer algún control al respecto.
Las políticas antinatalistas, más allá de la obvia necesidad
de una paternidad responsable y del derecho a la información y
educación sexual, son sólo el resultado de una visión economicista
y materialista del orden mundial ideal, y que buscan mantener el
status quo a cualquier costo. Frente a esto se alzan cada vez más
pensadores que ven la necesidad de hacer resurgir la política como
ciencia especulativa y práctica para la construcción
arquitectónica del orden social en todos sus niveles. Igualmente, se
escucha el clamor de pueblos enteros para que se de una comprensión
cabal y profunda de los que son los Derechos Humanos, es decir, un
fin en sí mismo, y no un medio para la realización de buenos y
seguros negocios, como los mismos representantes de algunos países
desarrollados lo han manifestado repetidas veces.
Ignorar el deseo de la construcción de una comunidad
internacional sobre la base de valores compartidos, definidos a
partir de una moral objetiva enraizada en la naturaleza humana, y no
sobre la imposición a partir de relaciones asimétricas de poder,
implica privar de legitimidad a los “regímenes internacionales”
y exacerbar los fundamentalismos de todo tipo. La sociedad
internacional sigue teniendo como actores fundamentales a los
Estados, por lo que sólo desde ellos, y en conjunto con otros
actores gubernamentales y no gubernamentales, se puede llevar a cabo
una corriente cultural lo suficientemente fuerte que defienda las
entidades nacionales amenazadas en su esencia y en su existencia por
los factores que brevemente se han mencionado en el presente
artículo.
RAP
AÑO 2000

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